Así como la cumbre espiritual de la naturaleza se alcanza con el florecimiento, en el arte de la joyería cada pieza entra en estado de gracia cuando encuentra su propia, indefinible luz. Materia, color, formas, texturas y tejidos buscan condensarse en un proceso que fluye, no sin dificultad y experimentación, de lo inanimado a lo orgánico.

La luz da vida a la flor. La naturaleza da contenido a la joya. Porque cada una de estas joyas reclama para sí misma una secreta espiritualidad en la medida en que su sutil luminotecnia proviene de una metáfora que tiene a la naturaleza como eje. Su delicada fisiología y elegante minimalismo evocan el equilibrio y el misterio de un mundo vegetal que no por estar en riesgo ha dejado de ser ajeno a los fastos de la modernidad. Y este azaroso romance de la naturaleza con la luz, o sus representaciones, es lo que posibilita las más deslumbrantes y duraderas floraciones.